Erasmito

•marzo 21, 2011 • Dejar un comentario

 Hace ya un par de horas que salimos de la casa, tengo frío y la lluvia cae sin misericordia, como si supiera que somos un par de fugitivos, como si quisiera cortarnos el paso. En mis brazos va mi Erasmito, no alcanza a cumplir el año aún, es la razón de mi vida. Una parte de mí quisiera nunca haber conocido a Tito, pero al ver esa pequeña vida en mi regazo, siento que todos los golpes y malos tratos desaparecen en la noche del olvido. Nuestra historia fue como la de casi todos, nos conocimos en Cartagena, donde vive mi abuela, un verano hace mucho tiempo; de vuelta a Santiago no nos separamos más, fuimos pololos desde ese entonces, y nos casamos cuando él terminó sus estudios. Todo iba bien hasta que Tito comenzó a progresar en su trabajo, primero llegaba tarde algunos días, luego comenzó a llegar bebido, y finalmente llegaba totalmente borracho e incluso no llegaba en días; en esa época comenzaron los malos tratos, pero cuando quedé embarazada todo cambió, mejoró su conducta y volvía a ser mi Tito de antes; pero el destino quiso otra cosa: aborto espontáneo, fue ahí cuando Tito cayó a un hoyo del que nunca ha podido salir. Abuso, insultos, golpes, ha sido lo único que me ha dado, aún cuando tiempo después quede embarazada de Erasmo.

Durante mucho tiempo, casi toda mi vida lo amé, incluso creí que cambiaría, que volvería a ser mi Tito de antes; pero lo que pasó ahora es imperdonable: salió ayer en la mañana, como es costumbre los días viernes iba informal; si fuese el Tito de antes hubiese llegado a las siete de la tarde, pero este hombre, aquel que no tiene nada que ver con el hombre que amé, llegó como era su costumbre pasadas las dos de la mañana. Y como lo hacía siempre llegó gritando y golpeando, cuando ya se aburrió de mí se acercó a la cuna de Erasmito:

 - ¡Cabro’e mierda!- trató de decir- todo lo que gano se va en vo’ y en la maraca de tu madre, me descresto todo el santo día, ¿pa’ qué? Pa llegar a la casa y escuchar puros reclamos, puras quejas y ma’ encima te poni’ a llorar,- Tomó a mi Erasmito del cuello y lo empezó a apretar –¡Cállate cabro hue’on!-

 No sé como lo hice, pero empuje a Tito hacia un lado y le arrebate a mi Erasmito, corrí al baño y ahí me encerré, aunque lloraba como nunca, mi niño estaba bien.

-¡Abre maraca, abre la puerta, esa guagua es mía también!- gritaba y pegaba en la puerta, luego de un rato se calmó y se escuchó un ruido como de tropiezos y cosas que caen. Me quedé inmóvil, no se por cuanto tiempo, pero para mí fueron horas y horas. Finalmente me atreví a salir, sentí un miedo como nunca antes, no sabía de que podía ser capaz ese hombre; a medida que avanzaba comencé a escuchar sus ronquidos, otra de las torturas a la que me sometía noche tras noche, sin pensarlo dos veces tome mi cartera, un abrigo, envolví a mi Erasmito en una frazada y salí corriendo de esa casa.

 Ya casi amanece y estoy en el terminal, falta poco para que el bus se ponga en el andén. A donde voy no necesito avisar, a donde voy hay gente que realmente nos quiere y se que mi abuela nos va a tener un pescado frito con puré para el almuerzo.

Capricornio Comming Soon

•marzo 21, 2011 • Dejar un comentario

La serie Zodíaco se vio estancada en capricornio (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa), la historia relativa a la cabra cornuda esta en preparacion asi que no coman ansias que ya se viene.

La Flecha

•diciembre 13, 2010 • 3 comentarios

-Nos vemos mañana-

Me dijo después de un beso cortito en los labios, su mirada era una mezcla de coquetería y ternura. Nos conocíamos hace un buen tiempo, pero no fue hasta unas horas antes de eso que nos decidimos a expresar nuestros sentimientos, en forma de interminables y apasionados besos.

-¿Eh… donde…?- Fue lo único que se me ocurrió decir.

-Acá mismo…-  Se dio la vuelta después de cerrarme un ojo, y se fue.

Durante tres años nos juntamos siempre en la misma plaza y apoyados en la misma piedra dábamos rienda suelta a nuestros delirios de quinceañero.

A los diecisiete ocurrió lo inevitable: terminé el cuarto medio y me fui a estudiar a Valdivia, las cosas se fueron enfriando y en un verano pusimos fin a nuestro idilio adolescente.

Terminé hace unos meses mi carrera y  he vuelto definitivamente a mi casa, lo primero que hice fue venir a ver la piedra donde nos juntábamos. Los columpios de la plaza ya no están, los cambiaron por una rampa para que los “skaters” hagan sus piruetas. La piedra sigue donde mismo, un monolito cuadrado no muy grande. Recién ahora me fijo en que tiene algo escrito, en algún idioma que parece chino. En la parte de arriba tiene grabada una flecha que apunta a la derecha, en diagonal hacia arriba y la corta por la mitad una línea más pequeña.

¿Y si voy a saludarla?…

Un Pajarillo Solitario

•noviembre 20, 2010 • Dejar un comentario

Hace mucho, mucho, tiempo antes de que llegaran los refugiados del continente vecino a habitar los bosques del sur, existían pequeños emplazamientos mineros en el desierto del norte, pequeños piques de donde se extraía oro y plata. Cierto día un pilquinero encontró en lo más profundo de su mina una pequeña beta de diamantes, emocionado comenzó a extraerlos dándose cuenta que mientras más avanzaba en profundidad más abundantes se hacían los diamantes. Con el pasar de los años la mina creció y el pilquinerio se volvía cada vez más rico, ya nadie se acordaba del oro y la plata, que por cierto nunca fueron tan abundantes. Llegaban personas de todas partes del mundo, así se inició la “Locura del Diamante”, la beta aumentaba y aumentaba y la mina se fue transformando en un interminable laberinto de cavernas que descendían a lo más profundo de la tierra. En aquellos días la única fuente de luz artificial era el fuego y al descender tanto el oxigeno comenzó a escasear; aquellos que podían resistir morían envenenados por los gases de la combustión. De esta manera se perdieron las vidas de demasiados hombres y mujeres valientes.

El que alguna ves fuese un humilde pilquinero era ahora el poderoso y acaudalado “Señor de los Diamantes”, sabiendo que la beta era aún abundante ofreció una gran recompensa a quién pudiese solucionar este problema, muchos lo intentaron la mayoría murió, y todos fracasaron.  Cuando ya se había perdido toda esperanza apareció el Barón Blaz, alquimista de gran renombre, en un gran jaula traía una parvada de pequeños pajarillos color café, nadie entendía nada, entonces el Barón soltó a todos los pájaros dentro de la mina, apenas hubieron avanzado unos metros estos comenzaron a brillar con un fulgor azulino que iluminaba completamente las galerías subterráneas. Ante el asombro de todos explicó que estas aves eran una creación propia, y que estaban hechas para poder vivir en las condiciones más adversas y mientras más de ellos estuvieran juntos más intenso sería su brillo. Contrario a lo que cualquiera pudiese pensar el Barón rechazó la recompensa y desapareció tan misteriosamente como había llegado. Una vez resuelto el mortal dilema, se selló la entrada a los túneles donde yacían los cientos de cuerpos de quienes habían muerto tiempo atrás y la mina volvió a su desmesurada prosperidad. Los pajarillos se adaptaron a esta nueva forma de vida e hicieron muy buenos lazos con los humanos, incluso demostraron otra habilidad asombrosa: El don del habla.

Pasado un tiempo los pajarillos comenzaron a formar parejas; la primera de estas era la de Don Romero y Doña Ana-Liza, dos de los más adultos. De su amor al cabo de un año salio un pequeño huevo, el cual Ana-Liza al igual que muchas otras pajarillas empolló con gran ternura y esperanza. Finalmente un pequeñísimo pico negro se hizo paso entre la cáscara del huevo, y a diferencia de los demás pajarillos que nacieron, este era muy pequeño y completamente negro, Don Romero y Doña Ana-Liza felices llamaron a su polluelo Poussin. Al crecer  demostró que a pesar de su plumaje negro y su corta estatura podía brillar tanto o más que los otros polluelos más grandes, y volar horas y horas por entre los túneles de la mina.

En los años siguientes vinieron nuevas camadas de pajarillos, y como dijese el Barón Blaz, mientras su número aumentaba, su brillo también lo hacia. De entre las nuevas camadas nació otra pajarilla cuyo porte era menor que el resto, pero su plumaje era como el de los demás, sus padres la llamaron Alita. Como era de esperarse Poussin y Alita simpatizaron desde un principio y se volvieron inseparables. La fertilidad de la mina aumentó más aún al descubrirse un método para purificar el aire al interior de los túneles, con lo que los pueblos cercanos a la mina se convirtieron en prosperas ciudades. Dentro de este marco la simpatía entre Poussin y  Alita paso de una infantil amistad a un intenso amor juvenil.

Pero sucedió que las entrañas de la tierra, celosas de sus tesoros, tenían preparada una última y devastadora sorpresa, paulatinamente las mujeres y hombres que trabajaban en la mina comenzaron a presentar malestares: persistentes dolores de cabeza, mareos, vómitos, fiebre, y unas pestilentes manchas negras aparecieron en sus cuerpos, a los pocos meses los muertos se contaban por montones y lamentablemente la peste contagio a los pajarillos. Ya nadie quería entrar en las minas, se corrió la voz de que estaban malditas, por aquellos cuerpos que yacían en las profundidades sin ser  sepultados debidamente, la mina cerró definitivamente y las ciudades cercanas se vaciaron, pasando de prosperas urbes a pueblos fantasmas. Dentro de los túneles solo quedaban los enfermos pudriéndose lenta y dolorosamente, los pajarillos al no conocer otro hogar se quedaron junto a ellos y también comenzaron a morir, su brillo perecía al mismo tiempo. Poussin vio morir a sus amigos y a su madre, cuando el pensó que su dolor no podía ser mayor Alita cayo en las garras de la peste. Ya cuando no quedaban humanos solo un puñado de pajarillos enfermos resistía con un brillo tenue y azulino, Poussin esperaba a que la peste lo atacase también, pero él era el único que parecía seguir sano. En su último estertor Don Romero le dijo a su pequeño hijo que de sobrevivir al resto no usara su brillo, ya que solo podían brillar al estar en grupos, de lo contrarío perecería, también le dijo que no se rindiera, que si sobrevivía era por alguna razón, y así Poussin se quedó solo, resignado a ser el último de la más maravillosa raza de pájaros que habitase jamás el mundo.

Pasaron los años, Poussin se convirtió en el único custodio de los tesoros de la tierra, no vio a humano alguno acercarse a la mina, presenció como algunos seres extraños y criaturas olvidadas se fueron avecindando en el gigantesco laberinto subterráneo. Nada de lo que vivió logro aliviar su dolor, el rostro de Alita aparecía frente a sus ojos a cada momento y el recuerdo de su gente acongojaba su alma día tras día, año tras año.

Cierto día, un joven llego a las puertas de la mina, los ojos de Poussin no podían dar crédito a lo que veía, él pensaba que nunca más vería a algún ser humano, y lleno de felicidad se acerco a saludar. El joven le contó una increíble historia: viajaba desde muy lejos al sur para encontrar a cierto ser mágico, muchos peligros enfrento y la razón no podía ser otra más que el amor de una doncella. Al escuchar las palabras del joven viajero el corazón de Poussin se apretó recordando los buenos tiempos junto a Alita, por esto se ofreció a guiar al viajero hasta lo más profundo de las minas en pos de su destino, sin importar la advertencia de Don Romero, Poussin revivió aquel brillo azulino característico de su gente, para ayudar al joven peregrino, y gracias a su fuerza de voluntad y a la pasión que despertó en su pecho brilló más que ninguno de sus pares en los tiempos antiguos, finalmente extenuado llego al lugar que buscaban y despidiéndose rápidamente se perdió de la vista del joven. Su brillo mermaba rápidamente y sus fuerzas se desvanecían mortalmente, alcanzó un hueco en la pared y ya sin brillo ni fuerzas dejo de existir, con la alegría de saber que por fin después de tanto tiempo volvería a reunirse con su amada Alita y con toda su familia.

La Trampa del Conde Loco

•julio 5, 2010 • 2 comentarios

Me duele todo, llevo horas encadenado y con la cabeza tapada. No se donde las cosas comenzaron a salir mal; no se si fue cuando robaron mi Montura o cuando decidí entrar sin permiso a la nave flotante de un conde loco.

Por la brisa nocturna que siento debo estar en alguna parte de la cubierta, siendo tan predecibles como son, lo más probable es que me quieran tirar por la borda. Creo percibir a un grupo de mercenarios blandengues, ellos no importan, lo que me inquieta es sentir la presencia de un Cazador de Bestias, seguramente él es la causa de este desagradable sabor metálico en mi boca, un grupo como este no sería capaz de sorprenderme ni siquiera de golpearme.

-Que bella espada tenías Jinete, ahora formará parte de mi colección junto con tu montura-

Esa voz chillona es inconfundible, el Conde d’Artres y debe estar babeando sobre mi enlève âme, si tan solo la tuviera en la vaina podría hacer más que algo.

-Descúbranlo, quiero que vea el rostro de quién lo venció-

Una tosca mano saca la capucha que cubre mi cabeza con muy poca amabilidad, ahora puedo ver que efectivamente hay un Cazador de Bestias, la gran sonrisa en su rostro muestra el orgullo que debe sentir por haber capturado una montura y su jinete en menos de dos días.

-Como vez estás totalmente rodeado, ahora que tengo a tu dragón y tu espada encantada, ya no me sirves de nada. – Esa desagradablemente aguda voz me desconcentra nuevamente, la obesa figura del conde sostiene mi espada con una regordeta mano, observo a mi alrededor y tiene razón, estoy rodeado; pero ellos no son problema, el cazador es otra cosa, no logro ver sus armas y eso me preocupa.

­–Bien señor cazador, tendría la amabilidad de quitarle la vida a nuestro generoso huésped -

El delgado y pálido cazador se acerca lentamente a mí, ahora entiendo por que no lleva armas esto es peor de lo que pensé. –Será un placer despachar a este jinete- Dice el cazador con rostro de desprecio, mientras de su mano izquierda aparece una espada de energía síquica, esto se va a poner feo.

En momentos como estos agradezco las enseñanzas de mi maestro y el tener a un dragón de aliado. Me echo un conjuro de fuerza encima para poder romper las cadenas que tengo en mis muñecas, eso siempre causa asombro en mis oponentes y esta no es la excepción, claro que el cazador guarda la compostura. Es rápido apenas si alcanzo a esquivar su embate el cual deja un gran surco en la cubierta, debo emparejar las cosas, así que le pido velocidad a un hechizo que aprendí en la última guerra, para arrebatarle mi enlève âme al conde loco,  no es algo tan difícil y aprovecho de darle una patada en el pecho como muestra de mi aprecio, me alegra el día ver su cara de miedo y el charco amarillo bajo él.

El cazador no espera y vuelve a atacar con su filo de energía, esta vez lo detengo con mi espada, lo bueno de tener una espada encantada es que tiene más utilidades que las de un simple cuchillo de carnicero, invoco a su espíritu y le pido que absorba la energía de la espada de mi contrincante, me encanta ver su cara cuando pierde el arma. Acerco mi palma izquierda a su estomago y le golpeo con una ráfaga de viento.

-¡A él, cobardes!- grita el conde a los mercenarios al ver a su cazador caer por la borda.

No me sorprende que ninguno me ataque, a pesar de no ser rivales para mi, son guerreros con experiencia, saben que no tienen oportunidad. Aunque siempre hay alguno que no se da cuenta de eso y aquí viene, me ataca de frente con el sable desenvainado, gritando eufórico. No es necesario gran técnica para enfrentarlo, lo esquivo, lo tumbo con un golpe en la espalda y corto a la mitad su sable con mi espada. Con eso basta, los demás mercenarios no parecen querer pelear y bajan sus armas.

-Que les pasa gallinas, atáquenlo- con el miedo la voz del conde se vuelve más chillona aun, si otra fuera la situación buscaría mi montura y me largaría de aquí, pero como el amable conde se tomó tantas molestias conmigo creo que le devolveré la mano. Un par de patadas en el culo lo ablandan más aun. Lo levanto del cuello y no es necesario preguntar nada, de inmediato me suplica piedad y promete guiarme hasta mi dragón.

Bajamos de la cubierta por una rechinante escalera, sigue lloriqueando todo el camino, esto se está volviendo monótono, pero aun así lo disfruto.

-A parte de cobarde eres un imbécil. No sabes acaso que una Montura lejos de su Jinete pierde sus poderes, e incluso la vida. No valdría nada en tu colección un dragón muerto.- Acaricio la joya que llevo en mi pecho, la cual plasma la unión con mi dragón, y agradezco que tampoco sepa que yo también podría morir lejos de mi Montura.

Al fin llegamos a una suerte de bodega, veo toda clase de armas y armaduras por doquier, y en el fondo una jaula, dentro esta Waberflig, se que no le gusta que lo llame de esa forma pero su nombre verdadero es impronunciable en lengua humana. Ya no me interesa el conde así que lo dejo ir, siento que corre escaleras arriba lloriqueando, al acercarme a Waberflig noto que está en estado de sopor, claro el cazador era hábil no hay duda de eso, puso un sello mágico en la jaula, es una artefacto poderoso pero no lo suficiente para mi enlève âme.

-¡Fuego sagrado!- Las palabras retumban dentro de mi cabeza y una explosión detrás mío me aturde, fui un imbécil al creer que podría derrotarlo tan fácilmente. El viento fresco del exterior golpea mi cara, me obligo a reaccionar y logro incorporarme, aun me tiemblan las rodillas pero puedo sostener mi espada.

-Es tu fin jinete, y una vez termine contigo seguirá tu lagartija- Lentamente entra através del agujero que hizo en el casco de la nave, ya no muestra rasgos de arrogancia en su rostro, la furia que veo en sus ojos me dice que lo de arriba fue solo un juego. Salta sobre mí, esta vez aparece una espada de energía de cada mano, golpea con las dos juntas hacia abajo, un agudo e insoportable dolor me recorre el brazo al bloquearlas con mi espada. Nada comparado con la fulminante sensación que deja su espada izquierda en mi costado, el golpe es muy rápido y poderoso, gracias a mi armadura, ahora rota, no me parte en dos. Me odio por haberlo subestimado y retrocedo lo más rápido que puedo para alejarme de él, un estante a mis espaldas corta en seco mi huida.

Es hora de hacer una jugada arriesgada, es el todo por nada. Junto las pocas fuerzas que me quedan para lanzar mi espada contra la joya que le quita el aliento a Waberflig, esta se desintegra en cientos de pequeñas astillas de cristal. El rostro del cazador se llena de miedo, con solo abrir sus alas el esplendido dragón rompe su jaula, un rugido de ira que nunca antes le había oído llena todo el espacio de la bodega. Sin que el cazador pueda hacer nada Waberflig se lanza contra él, abre sus furibundas fauces y clava sus dientes en el costado de la delgada figura, sin soltarlo y con movimientos frenéticos lo golpea contra paredes, estantes y todo lo que encuentra a su alrededor. Una vez saciada su sed de venganza lo deja caer al piso, de sus armas de energía ya no queda rastro, la sangre fluye donde los dientes del dragón hicieron su presa, aun esta aturdido así que recojo mi espada y separo su cabeza del resto del cuerpo. No me enorgullece hacerlo pero no me arriesgaré a ser sorprendido nuevamente.

Waberflig me mira de reojo con desdén -Veo que aun necesitas de mi para defenderte- Odio cuando me habla con ese tono arrogante, pero no por eso deja de tener razón.

-Esperaba que me dieses las gracias al menos, pero que más se puede esperar de un dragón- le contesto con aire engreído para disimular mi deplorable estado –Creo que es hora de marcharnos de aquí- con un dolor que apenas puedo ocultar subo a su lomo, es extraño cabalgar sin la silla pero creo que podré acostumbrarme.

-Sujétate con fuerza- siento el calor de su aliento de fuego, lo usa para agrandar el agujero en el casco, y salimos disparados através de él.

-¿En que dirección iremos “jinete”?-

-No lo se, vamos a algún lugar tranquilo, creo que ambos necesitamos descansar-

-Bien, pero necesito hacer algo antes-

Waberflig da media vuelta en dirección a la nave flotante. Se lo que va a hacer y realmente no me importa. Da un par de vueltas alrededor de la cubierta para que lo vean, y entonces comienza a esparcir fuego por todos lados, imagino los gritos frenéticos del conde, eso me devuelve algo de ánimo. En cuanto se cansa de vomitar fuego nos  alejamos a toda velocidad, atrás dejamos la nave flotante cayendo lentamente, envuelta en una mortaja de llamas.

Lo Más Delgado.

•junio 5, 2010 • 1 comentario

- Aquí el trabajador nos importa, acá el trabajo es secundario ante el bienestar del trabajador. Bienvenido a bordo.-

Eso me dijeron hace tres meses, cuando empecé. Estaba entusiasmado, con ese entusiasmo que tiene uno cuando recién entra al mundo laboral.

- Tú tienes el derecho a saber a qué riesgos te expones en tu puesto de trabajo, y te daremos todos los elementos para proteger tu integridad.-

Agregaron un poco después cuando me incorporé a la faena. Empecé con el pie derecho y me di cuenta que hay muchas cosas que no se aprenden en una sala de clases.

- Vas a tener que dejar lo que estás haciendo, esto tiene que hacerse hoy, si o si.-

Me dijo mi supervisor hace dos semanas.

- Pero jefe, no están las condiciones pa’ hacer esta pega.-

Repliqué, recordando todo lo que él mismo me había dicho a mí, y a todos mis colegas, acerca de la seguridad.

- Tienes que encontrar alguna alternativa, lo están pidiendo urgente para hoy.-

Le insistí que sin las herramientas ni los medios adecuados era riesgoso hacerlo, pero no hubo caso: - Vas a tener que hacerlo así no más.- Sentenció.

- Este hecho es intolerable, se ve claramente que no estabas capacitado para hacer ese trabajo, cuantas veces te dijimos que si no sabias algo preguntaras. Ni siquiera analizaste los riesgos de la tarea.-

Eso es lo que me están diciendo ahora.

- Pero si el jefe no quiso parar la pega, le dijes que era peligroso-

- Creo que mal entendiste mis instrucciones, yo lo que te pedí es que vieras otras opciones. Nunca te hubiese expuesto al peligro.-

- Aquí hubieron demasiadas faltas, no respetaste las órdenes de tu supervisor, actuaste con negligencia, y un trabajador casi perdió un brazo. Lo sentimos, pero ya no perteneces a nuestro grupo de trabajo.- Me dice otro jefe.

No se de que me sorprendo, si al final el hilo siempre se corta por lo más delgado.

El Apahos

•mayo 19, 2010 • 1 comentario

Desde niño siempre fue muy solitario, en parte debido a la sobreprotección de sus padres y también al hecho de ser sumamente enfermizo. Nunca socializo mucho con otros niños, y el recibir clases particulares en su casa agudizo esta situación. Desde que pudo se refugió en los libros, mismos que tenía en gran cantidad gracias a sus padres, los que más le gustaban eran los que hablaban de las antiguas civilizaciones. Ya a los siete años había leído todos los libros que tenia en  su casa, fue en ese entonces que comenzó a viajar durante sus sueños, lentamente estos empezaron a salirse de la habitual Atlántida o Roma, poco a poco comenzó a vagar por parajes ajenos a todo lo que leía o había visto alguna ves, en ocasiones caminaba por costas de negros mares otras admiraba consecutivos valles desde altísimas montañas de nieves eternas. Ya en la adolescencia trataba de dormir lo más posible para poder entrar más tiempo en aquel mundo de desconocidas formas que él llamaba en secreto El Lugar de los Sueños, aunque en numerosas ocasiones intentaba llegar a él durante el día nunca lo logró, solo durmiendo por las noches podía llegar a ese mundo que tanto amaba. Con el tiempo comenzó a relacionarse con gente de este lugar, hablaban un idioma extraño que el pensó no correspondía al Tierra, pero con el pasar de los años logro dominarlo y fue descubriendo que El Lugar de lo Sueños  en realidad era un gran país que constaba de siete valles, los cuales estaban unidos por un gran río el Apahos, desde las Montañas Prohibidas hasta su desembocadura en el Mar Negro. En cuanto supo esto se decidió a recorrerlo de un extremo a otro.

A los treinta años era un hombre con una vida mediocre sin muchas pretensiones, pero durante su vagabundeo onírico se convirtió en un viajero conocido en los seis valles habitados, recorrió a todo lo largo el Apahos y recopiló una gran cantidad de leyendas que iban  desde la creación de los valles a través del canto de Almin en las Montañas Prohibidas, hasta la profecía de la destrucción del Apahos anunciada por la desaparición de todas las estrellas en el cielo. Se codeaba con los gobernantes y mercaderes más importantes de cada región, algunas veces compartía los infinitos festines en el palacio de la duquesa de Gla’ast, le encantaba pasear por los templos de Bhor en el sexto valle o por los verdes bosques de Uruman en el Valle Capital, en los otoños ayudaba en las cosechas de Latra, un cereal parecido a la avena  y en primavera dedicaba las tardes a fumar Opio con el Bashar de Anthira, pero lo que más le gustaba era remar por el Apahos. Fue así como un día en su balsa llego hasta el primer valle el más antiguo de todos y no habitado en lo absoluto, siempre se había preguntado el por que en muchas historias se advertía sobre diversos peligros asociados a este valle y por sobre todo le causaban especial curiosidad las Montañas Prohibidas. El día estaba especialmente soleado y una fresca brisa le acariciaba el rostro, a medida que avanzaba río arriba notaba que la rivera estaba cubierta por un espeso bosque a ambos lados, de tanto en tanto podía divisar entre los árboles el correr pequeñas siluetas que le recordaban a los duendes Ra’ant que según contaban devoraban a cualquier desafortunado que se perdiera en los bosques durante los solsticios de verano, a través del agua se entreveían las difusas formas de grandes peces, y en el cielo se divisaban las golondrinas bailando por doquier.

Muy despacio comenzó a percibir lo que le pareció una melodía de algún instrumento que no reconocía, pero que le causaba mucho agrado, poco a poco fue aumentando en intensidad. Cayendo en una agradable ensoñación siguió remando, escuchando de fondo el cantar de las golondrinas y la hermosa melodía que ahora estaba seguro provenía de algún tipo de flauta. Paulatinamente fue cayendo en un sopor tal que solo prestaba atención a la melodía, seguía remando río arriba. Una leve fetidez en el aire lo fue sacando de su estado y al recuperar la lucidez vio, con espanto, que lo que hace unos minutos era un prístino río era ahora el curso de un fétido limo verde en el cual flotaban inertes los cuerpos boca arriba de cientos de peces, más espanto le causo ver que el verde y hermoso bosque era ahora  una yerma y negrusca planicie sembrada de blanquecinos y secos árboles desprovistos de cualquier tipo de hoja o flor, pero lo que le causo un verdadero horror fue darse cuenta que pese a cualquier esfuerzo no podía dejar de remar, siempre río arriba, hacia las Montañas Prohibidas que cada vez se veían mas cercanas, la que otrora fuera una apacible melodía le causaba ahora un miedo indescriptible. Tras horas de remar el cansancio le comenzó a quemar los brazos, pero aun así seguía remando, muy lentamente el gran río fue menguando en tamaño hasta convertirse en un arroyo por el cual la balsa ya no podía navegar. Automáticamente dejo de remar, y guiado por fuerzas ajenas a él comenzó a correr en dirección a la gran pared de rocas que se erigía frente a él, a través de una escalera tallada en la misma roca,  ascendió por un empinado desfiladero, en lo hondo se perdía el pequeño hilo del antes hermoso río. Ardiendo todo su cuerpo por el esfuerzo fue paulatinamente perdiendo la conciencia.

Al volver en si seguía corriendo, los pies ya desollados y sangrantes le dolían y vio que había llegado una noche cubierta de estrellas que formaban constelaciones que no conocía. Se encontraba en medio de un cordón montañoso de piedra negra, corría por el mismo sendero tallado en la roca, lejos hacia el horizonte se divisaba un  edificio del mismo color que las montañas, la melodía que antes llenaba su cabeza había desaparecido. Con el pasar de las horas noto que el sendero se dirigía hacia aquel edificio que cada ves estaba más cercano. Al llegar al pie del gigantesco edificio se dio cuenta que, al igual que el sendero, estaba tallado en la roca misma de la montaña. En la entrada un monstruoso arco enmarcaba dos puertas de negra madera, ya resignado a que su cuerpo no se moviera por propia voluntad se acerco, y con una fuerza que el ignoraba que tuviese abrió ambas puertas de par en par, frente a él se extendía un inmenso salón, aunque iluminado no veía ninguna fuente de luz, a ambos lados del salón robustos pilares ascendían y se perdían hacia un techo que desaparecía en la oscuridad. Avanzó un poco más hasta el centro del salón, en un gran trono de metal una figura encapuchada ejecutaba hábilmente una flauta de cristal, de inmediato la reconoció como la melodía que lo embrujó. Al notar la presencia de la maltrecha figura que entraba en su templo el encapuchado ceso de tocar la flauta y se levantó, con voz imponente sentenció

–        La primera regla ha sido rota-

Acto seguido arrojo la flauta al piso, la cual se quebró en un estallido de miles de esquirlas de cristal. Por primera vez desde el río recupero la posesión de su cuerpo y presa del pánico corrió con todas las fuerzas que le quedaban fuera del edificio, corriendo sin saber a donde pero lo más lejos de ahí. Mientras corría alzó su cabeza y en una febril visión contempló la escena más espantosa que jamás hubiese presenciado, invadido por un horror indescriptible tropezó y perdió la conciencia.

Cuando volvió a abrir los ojos se encontraba en su cama, al borde de la locura al darse cuenta de que nunca más volvería a soñar, ya que lo que vio al mirar hacia arriba en su frenética huida fue que en el cielo no había ni una sola estrella.

 
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